Javier Andrada Guerrero

 

De niño dibujaba como todos los niños. Cuando empezaron a salirme espinillas, intenté dibujar a mi perro y fue imposible porque no paraba de moverse.

También intenté dibujar un cacharro de barro y me aburrí mucho. Me habría gustado dibujar caras, pero era muy complicado porque a la gente no suele gustarle verse mal.

No entiendo qué me impulsó a seguir dibujando, la verdad. Posiblemente tampoco había muchas más cosas que hacer.

Hasta los veintidós años no comencé a vivir del dibujo. Un par de años más tarde, un amigo me dijo que dibujaba como dibujaba porque no sabía dibujar bien. Sin saberlo, dio en el clavo.

Así que he procurado seguir sin dibujar bien durante los últimos años. No he parado de dibujar, eso sí, aunque mucho menos de lo que me habría gustado. Los días son muy cortos.

Cuando me dijeron que se habían vendido miles de ejemplares de un libro ilustrado por mí, intenté imaginarme a miles de niños con mi libro, pero no pude imaginar a más de veinte o treinta. Creo que dibujar para ellos es una gran cosa.

Luego está el tema del color, la luz, y la belleza, y la vida... pero es todo muy sencillo, así que no hace falta hablar de ello.

 

 

 

 

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